Gohaninengland


Destructor de vidas
26 enero 2009, 14:56
Filed under: Personal

Una reflexión interesante que tuvo lugar hace unos dos años y medio y que es válida para todas las personas que por una u otra razón llevamos un tiempo viviendo fuera ya no de casa de nuestros padres, sino fuera de nuestra ciudad, o incluso en otro país, allá vamos. Corría el invierno de 2006 y yo llevaba ya unos cuantos meses viviendo en Wells, un pueblecito a las afueras de Bristol (UK), ya conté algunos detalles que motivaron mi decisión de marcharme y hoy contaré un poco de aquel día a día tan especial que allí viví, y digo especial porque desde la distancia y con la perspectiva que da el tiempo uno aprecia con más definición los hechos.

Durante mi paso por las islas británicas trabajé en un restaurante italiano, era un restaurante muy pequeño, íntimo, con una distribución arquitectónica que rozaba lo claustrofóbico, apenas cabían 30 personas en los días de máxima afluencia, normalmente los sábados por la noche. Por aquel entonces el personal de cocina éramos mi compañero de casa Tom, polaco de unos 28 años de una delgadez extrema, recuerdo imágenes de verlo de paso mientras yo iba al baño en su cama tumbado mientras dormía y era como ver un cadáver tirado en un colchón que llevase varios días muerto, buen chaval, quizás algo obsesionado con trabajar tantas horas como le dejasen pero sin duda un tío simpático con un gran sentido del humor y una especial habilidad para el sarcasmo, con el que compartí muchos momentos de mi estancia allí, él era el washing up, se encargaba de fregar todo lo que nosotros ensuciábamos, desde grandes ollas con el fondo chamuscado a sartenes pringosas, platos, vasos, cubertería, daba igual, el era una puta máquina y a pocas personas en mi vida he visto currar tanto sin hartarse y mandarlo todo a la mierda. El otro integrante de nuestra particular crew era Steve, el chef, unos 48 años y como todos los cocineros, un loco, este concretamente era inglés nativo del extrarradio londinense que huyó del bullicio hace muchos años, también muy delgado y fibroso, bastante alto y de comportamiento nervioso, en el plano personal era todo un hippie en pleno siglo XXI, polígamo, fumador de compulsivo de marihuana y vendedor ocasional de esta, vivía en el campo a unos 15km de Wells en una casa enorme tanto de tamaño como de fea y tendría como 12 ó 13 perros allí, correteando, ladrando y cagándose todo el día por la casa, lo que viene a ser un caos y una ingobernabilidad absoluta.

Era un día como cualquier otro del frío invierno inglés, ya se sabe, niebla, un ambiente saturado de humedad, ese frío húmedo que te hace tiritar aunque lleves doscientas capas de abrigo. Era un frío que hacía del hecho de salir a fumar un cigarrito a la parte trasera del restaurante un acto heroico a la par que arriesgado desde el punto de vista sanitario debido a la cantidad de bacterias que hacían vida contemplativa en los montones de basura por allí desperdigados. Aquel día tras un tranquilo servicio de noche entre semana, en el que no tuvimos que preparar cena más que para unas 4 ó 5 mesas de abuelitos poco exigentes y muy agradecidos la verdad, dado el bajo nivel gastronómico que ofrecíamos. Estábamos Steve y yo divagando sobre la vida, saltando de tema en tema, profundizando en algunos más que en otros pero sin llegar a conclusiones certeras. Mi inglés por en aquel tiempo había mejorado mucho y era capaz ya de hablar de cualquier cosa sin sufrir una insuficiencia de vocabulario como las que meses atrás solía padecer y que tan mal te hacen sentir. Por aquel entonces apenas me quedaban unas semanas para volver definitivamente a España, y los sentimientos en mi interior eran dispares, por un lado quería volver y dejar atrás a todos estos ingleses amargados de la vida que conocí, pero por otra parte me daba mucha pena dejar las experiencias y los amigos que hice allí sabiendo que muy probablemente no volvería a verlos más.

En eso que hablábamos sobre la vida, la familia, de vivir lejos de casa, y lo que significaba en términos prácticos el cambiar de país de un día para otro, todo un shock para el que lo vive dicho sea de paso. De repente me sentí  iluminado, como cuando ves una idea y la ves tan clara que la puedes detallar profundamente, y le comencé a explicar con clarividencia lo que sentía al estar allí, le pedí que imaginase lo siguiente: una persona que llega a un país nuevo, un nuevo hogar, con un trabajo nuevo, un idioma nuevo, con compañeros nuevos, costumbres nuevas, una moneda nueva, en definitiva todo nuevo y de pronto como si de un arquitecto de lo social se tratase, debes construir una vida nueva, juntando todos los elementos a tu alcance y haciéndolo con esmero y cuidado para que nada falle y en la fragilidad inicial del proyecto una pequeña brisa de aire pueda hacer tambalear la obra y la desmorone. Cuando juntas a nuevos amigos, cuando empiezas a entrar en una rutina de lo nuevo y precisamente todo lo que tanto llamaba la atención al principio se ha vuelto cotidiano, rutinario, vulgar. En ese punto es cuando el arquitecto de vidas que llevamos dentro entrega la obra terminada. Una personalidad del pasado y una forma de vida del presente han sido unidas, y creada de cero tu vida allí comienza a tener lógica. Pues bien, una vez has encajado todas las piezas y cuando todo comienza a tener sentido… resulta que te vas de vuelta a tu país, toca hacer la maleta, recoger toda la ropa, toca comprar algunos recuerdos, hacer las fotos de rigor e intercambiar direcciones de e-mail a las que rara vez escribirás alguna vez, pero sobre todo toca coger la vida que has creado allí con esfuerzo y dedicación, y tirarla a la basura, destruirla, no la volverás a usar. Como una camiseta vieja que termina su vida útil. Te has convertido en un destructor de vidas y si vuelves a empezar de cero en otro sitio, volverás a tener que hacerlo de nuevo.

Steve me miraba y asentía en silencio, parecía que pensaba en ofrecer una respuesta a aquello, en lo más correcto, y al final espetó un murmullo, su coletilla preferida: bloody hell…

Aquel día me di cuenta de lo injusto resulta todo esto para los que lo hemos experimentado, pero al mismo tiempo es muy reconfortante a nivel personal el saber que tu, y sólo tu, lo has hecho posible, y que si quieres puedes elegir quedarte con tu vida allí o por el contrario volver a tus orígenes, sólo depende de lo que tengas en mente hacer en los próximos meses. Es como un ave fénix que renace una y otra vez de sus cenizas. Y ya no hablemos de lo que te hace madurar una experiencia así. Yo personalmente tras lo vivido, recomiendo a todo el que duda si emprender una aventura en el extranjero a que lo haga, que yo conozca, todavía nadie se ha arrepentido. Paz.

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2 comentarios so far
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Lo bonito es cuando la nueva vida que has creado se puede sostener, y tienes dos vidas, puedes elegir la que más te guste. O combinarlas un poco. O hacer una nueva, de cero. Me ha gustado mucho el post, muy buena la idea del arquitecto de vidas.

Comentario por Aloisius

Viajar puede ser duro pero también puede crearte un espacio en el cual empezar de nuevo fuera del condicionamiento social que el hogar te impone.

Gran artículo, me encanta la nueva linea del blog !ánimos!

Comentario por Marc Vidal




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